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Capítulo 1

Mensaje por Marko el Mar Ago 31, 2010 8:15 am

Versículos 1-2 (2 Ped. 2: 1; 1 Juan 4: 1). El Depositario de la revelación divina.-
[Se cita Apoc. 1: 1-2.] Toda la Biblia es una revelación, pues toda revelación para los hombres viene a través de Cristo y toda se centra en él. Dios nos ha hablado por su Hijo, a quien pertenecemos por creación y por redención. Cristo; vino a Juan, desterrado en la isla de Patmos, para darle la verdad para estos últimos días, para mostrarle lo que debe suceder pronto. Jesucristo es el gran depositario de la revelación divina. Por medio de él tenemos un conocimiento de lo que debemos esperar en las escenas finales de la historia de esta tierra. Dios le dio esta revelación a Cristo, y Cristo la comunicó a Juan.

Juan, el discípulo amado, fue el elegido para recibir esta revelación. Fue el último sobreviviente de los primeros discípulos escogidos. En la dispensación del Nuevo Testamento recibió esta honra, así como el profeta Daniel recibió la misma honra en la dispensación del Antiguo Testamento.

La instrucción que iba a ser comunicada a Juan era tan importante, que Cristo vino del ciclo para darla a su siervo, y le dijo que la enviara a las iglesias. Esta instrucción debe ser el objeto de nuestro estudio cuidadoso y con oración, pues estamos viviendo en un tiempo cuando hombres que no siguen la enseñanza del Espíritu Santo introducirán falsas teorías. Esos hombres han estado en puestos encumbrados y tienen proyectos ambiciosos que cumplir. Procuran ensalzarse y revolucionar el desarrollo completo de las cosas. Dios nos ha dado una instrucción especial para que estemos en guardia contra tales personas. Ordenó a Juan que escribiera en un libro lo que sucedería en las escenas finales de la historia de esta tierra (MS 129, 1905).

1-3. El Apocalipsis es un libro abierto.-

Muchos han albergado la idea de que el libro del Apocalipsis es un libro sellado, y no quieren dedicar tiempo a estudiar sus misterios. Dicen que deben mantenerse contemplando las glorias de la salvación, y que los misterios revelados a Juan en la isla de Patmos son dignos de una consideración menor que aquéllas. Pero Dios no considera así este libro...

El libro del Apocalipsis revela al mundo lo que ha sido, lo que es y lo que ha de venir; es para nuestra instrucción, para quienes han alcanzado los fines de los siglos. Debe estudiarse con temor reverente. Tenemos el privilegio de conocer lo que es para nuestra instrucción...

El Señor mismo reveló a su siervo Juan los misterios del libro del Apocalipsis, y su propósito es que sean manifestados para el estudio de todos. En este libro se describen escenas que ahora están en el pasado, y algunas de interés eterno que están sucediendo alrededor de nosotros; otras de sus profecías no se cumplirán plenamente sino en el fin del tiempo, cuando tenga lugar el último gran conflicto entre los poderes de las tinieblas y el Príncipe del ciclo (RH 31-8-1897).

9. Compañeros de Juan en Patmos.-
Juan fue enviado a la isla de Patmos donde, separado de sus compañeros en la fe, sus enemigos suponían que moriría debido a las penalidades y el abandono; pero aun allí Juan ganó amigos y conversos. Pensaban que por fin habían puesto al fiel testigo donde ya no podría molestar más a Israel o a los impíos gobernantes del mundo.
Pero todo el universo celestial vio el resultado del conflicto con el anciano discípulo y su separación de sus compañeros en la fe. Dios, Cristo y la hueste celestial fueron compañeros de Juan en la isla de Patmos. De ellos recibió instrucciones que impartió a aquellos que con él estaban separados del mundo. Allí escribió las revelaciones y visiones que recibió de Dios para narrar las cosas que ocurrirían en el período final de la historia de esta tierra. Cuando su voz ya no testificara más por la verdad, cuando no pudiera testificar más por Aquel que amaba y servía, los mensajes que se le dieron en aquella costa rocosa y árida se esparcirían como una lámpara que alumbra (MS 150, 1899).

(1 Juan 1: 1-10.) Gloriosas verdades confiadas a Juan.-

A menudo los mejores hombres, los que Dios usa para la gloria de su nombre, no son reconocidos por la sabiduría humana; pero ni por un momento son olvidados por Dios. Cuando Juan estaba desterrado en la isla de Patmos hubo muchos que pensaron que ya estaba fuera de servicio, que era una caña vieja y débil que caería en cualquier momento. Pero al Señor le pareció conveniente usarlo en aquella isla solitaria donde su siervo estaba preso. El mundo y los fanáticos sacerdotes y gobernantes se regocijaban de que al fin se habían liberado de su testimonio siempre nuevo. [Se cita 1 Juan 1:1- 3.]
Todo este capítulo rebosa de esforzado valor, de esperanza, fe y certeza. Debido a este testimonio, tan asombroso para los que deseaban olvidar a Cristo y odiaban al Redentor crucificado a quien habían rechazado, era por lo que querían que estuviera fuera del alcance de sus oídos, para que sus palabras no fueran más un testigo contra sus hechos impíos al crucificar al Señor de la gloria. Pero no podían poner a Juan en ningún lugar donde no pudiera encontrarlo su Señor y Salvador Jesucristo.

Los siervos de Cristo que son leales y fieles quizá no sean reconocidos ni honrados por los hombres..., pero el señor los honra. No será olvidados por Dios. Los honrará mediante su presencia porque han sido hallados leales y fieles. Los que han envejecido en la causa y la obra de Dios tienen una experiencia de gran valor para la iglesia. Dios honra a sus siervos que han envejecido en su servicio. Las más gloriosa verdades de los últimos capítulos de la historia de esta tierra fueron dadas al anciano discípulos a quien Jesús amaba (MS 109, 1897).

9-10 (Sal. 71: 9; 92: 14; Isa. 46: 4). Últimos años de Juan.-

Después de que Juan envejeció en el servicio del Señor, fue desterrado a Patmos. Y en esa isla solitaria recibió más comunicaciones procedentes del ciclo que las que había recibido durante toda su existencia (RH 26-7-1906).

El anciano representante de Cristo fue desterrado para que su testimonio no fuera escuchado más, pues era un poder viviente de parte de la justicia; pero aunque estaba separado de sus hermanos, fue visitado por Cristo, a quien no había visto desde la ascensión (RH 16-5-1899).

9-15. Plan de Dios para siglos futuros.-

La mano de la persecución cae pesadamente sobre el apóstol; es desterrado a la isla de Patmos "por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo", y escribe: "Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor". Fue lleno de gozo inexpresable porque el cielo pareció estar abierto delante de él. Una voz le habló con tonos claros y distintos, y le dijo: "Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin". Dio media vuelta y contempló a su Maestro, con quien había caminado y conversado en Judea y sobre cuyo pecho se había recostado.

Pero, ¡oh, cómo había cambiado la apariencia del Señor! Juan lo había visto vestido con un viejo manto de púrpura y coronado de espinas. Ahora estaba vestido con un ropaje de brillo celestial y ceñido con un cinto de oro. Juan dice al escribir de su apariencia: "Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas"...

A Juan le fue revelado el plan de Dios para siglos futuros. Las glorias del cielo se abrieron ante su visión embelesada. Vio el trono de Dios y oyó las antífonas de gozo que resonaban por todos los atrios celestiales. Cuando leemos su descripción de lo que vio en su visión, anhelamos estar con los redimidos en la presencia de Dios.

Había pasado medio siglo desde que Jesús ascendió para presentar a su iglesia delante de Dios y para preparar mansiones para sus fieles. Todavía amaba a su pueblo, pues vino a su anciano siervo para revelar los planes de Dios para el futuro.

Juan fue dejado a solas con Dios y su fe en la escabrosa y desolada isla. Aquí, entre las rocas y los acantilados, estuvo en comunión con su Hacedor. Repasó su vida pasada, y ante el pensamiento de las bendiciones que había recibido de manos de Dios, la paz llenó su corazón. Había vivido la vida de un cristiano, y podía decir con fe:
"Mi alma está bien". No así el emperador que lo había desterrado, pues al mirar atrás sólo podía ver campos de batallas y carnicerías, hogares desolados, viudas sollozantes y huérfanos, como resultado de su ambicioso deseo de preeminencia (MS 99, 1902).

10. Cristo aparece en sábado.-

El sábado que Dios instituyó en el Edén era tan precioso para Juan en la solitaria isla como cuando estaba con sus compañeros en ciudades y pueblos. Las preciosas promesas que Cristo había dado acerca de ese día eran repetidas por Juan, y las reclamaba como suyas. Para él era la señal de que Dios era suyo... El Salvador resucitado hizo conocer su presencia a Juan en el día sábado. [Se cita Apoc. 1: 10- 1 3, 17-18.]

La persecución sufrida por Juan se convirtió en un medio de gracia. Patmos resplandeció con la gloria del Salvador resucitado. Juan había visto a Cristo en forma humana, con las señales de los clavos que siempre serán su gloria, en las manos y en los pies. Ahora se le permitía contemplar de nuevo a su Señor resucitado, revestido con toda la gloria que un ser humano pudiese contemplar sin perder la vida. ¡Qué sábado fue aquel para el solitario desterrado, siempre precioso a la vista de Cristo, pero ahora honrado más que nunca! Nunca había aprendido tanto de Jesús, nunca había oído verdades tan sublimes (YI 5-4-1900).

18-20. (Juan 1: 1-3). El que existe por sí mismo y es inmutable.-
[Se cita Apoc. l: 18-20.] Estas son afirmaciones admirables, solemnes y significativas. Aquel que es la Fuente de toda misericordia y de todo perdón, de toda paz y gracia, el que existe por sí mismo, el Eterno e inmutable, fue quien visitó a su siervo desterrado en la isla llamada Patmos (MS 81, 1900).

Marko
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