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Consejos para controlar los ataques de ira

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Consejos para controlar los ataques de ira

Mensaje por Marko el Lun Ago 30, 2010 6:55 am

Esté atento a las señales que indican que está a punto de sufrir un ataque de mal genio. Muchas personas sufren a causa de los desplantes, las palabras hirientes y los comportamientos hostiles de aquellos a los que les resulta más fácil discutir que dialogar. Pero se ignora que quienes hacen gala sistemáticamente de un mal carácter, también sufren debido a esa conducta.

“Recurrir al mal humor para controlar, manipular e intimidar a otras personas suele ser un arma de doble filo, porque el mal humor de estas personas realimenta su insatisfacción vital”, señala la asesora y experta en relaciones humanas Viviana Goren.

“Los malgeniados crónicos se sienten incomprendidos, porque quienes los rodean terminan por apartarse de ellos y les demuestran su rechazo. Por otra parte, no saben salir del atolladero en que se encuentran, lo cual, a su vez, realimenta su conducta hostil y reactiva con los demás, y los aísla socialmente cada vez más”, señala la experta.

Claves para no estallar

“Para controlar los ataques de furia lo primero es mantenernos alerta ante los síntomas que tienden a desencadenar la reacción impulsiva, como hablar más rápido y alto, para erradicar de raíz lo que nos puede llevar a un estallido del mal genio”, señala.

“Por otra parte, familiares, amigos y conocidos saben bien cuáles son los interruptores o botones que encienden el mal genio (ciertas actitudes, palabras, amenazas o comportamientos ajenos), pero el circuito psicológico y emocional es nuestro y también es nuestra responsabilidad controlarlo y desconectarlo”, advierte la experta.

Vivian Goren propone dos sencillas tácticas para atajar el mal genio: “La clásica recomendación de pararse en seco y contar hasta diez, cuando se está a punto de estallar, es eficaz porque consigue aplacar la acción de la adrenalina en el organismo. Para relajarse después, conviene inspirar y soltar el aire con lentitud, para sosegar el estrés”.

Según la experta, siempre hay que procurar mantener la calma, porque una vez encendida la mecha de la reacción impulsiva y airada, es difícil apagarla: “En las situaciones de supuesta amenaza hacia nosotros, el dar al otro una contestación serena y pacífica equivale a echar un jarro de agua fría al agua caliente: baja la temperatura”.

Para aplacar los nervios, también puede ser útil contestar a los demás de forma controlada, evitando responder sintiéndose herido, ya que ello sólo “consigue ponernos a la defensiva y crear una situación aún más tóxica”.

Si está a punto de perder el control, tenga en cuenta…

Aléjese por un rato del lugar o del foco que le genera tensión.

Haga afirmaciones sencillas y realizables cuando se sienta tenso, como ‘puedo controlar esto’ y ‘soy capaz de calmarme’. Éstas reducen los reflejos que agitan la respiración; la mente se aclara y sale a flote la parte que es capaz de manejar la situación.

Ponga su mano en el estómago y procure llenarlo al inhalar, imagine que lo desinfla al exhalar. Hágala por cinco minutos cuando sienta que va a explotar. Como las presiones agitan el pulso y la respiración, este ejercicio obliga a respirar lento y convence al cuerpo de que la tensión ha desaparecido, así no sea verdad.

Abra la boca: la presión hace que las personas aprieten la mandíbula y hagan crujir los dientes. Abrir la boca y mover la mandíbula no sólo relaja los músculos de la cara, también los de la parte alta del cuello. Se sentirá más tranquilo.
EFE

Dice el refrán que quien se enoja pierde. Normalmente cuando uno se encuentra en ese estado, carece de control sobre palabras y reacciones. No se escucha a las otras personas y dan ganas de romper objetos, gritar o hacer cualquier cosa para sacar esa energía contenida. Y contrariamente a lo que muchas veces nos han enseñado, resulta que está bien e incluso es necesario.

“Ayuda a protegernos ante una amenaza, por ejemplo que veamos que alguien quiere dañarnos a nosotros o a algo que queremos, esta reacción ayuda a defendernos, incluso lo hacen los animales, que también se enojan”, explica Gerardo Leija Alva, sicólogo y maestro del curso Manejo del estrés para altos ejecutivos, impartido en la Universidad Iberoamericana.

Para él, enojarse forma parte de las emociones negativas básicas, grupo que integran también el miedo -útil para evitar ser dañado-y la tristeza, que permite aislarse, asimilar y reflexionar una pérdida irrecuperable y luego volver a funcionar.

Se parte de la base que las emociones tienen una función y por eso aparecen. El problema son las personas que se enojan por situaciones no amenazantes, y debido a esa activación constante, el organismo se desgasta. Son las típicas personas que se molestan porque sienten que alguien los miró de manera desagradable, les contestó mal, los empujaron al salir del transporte público o al caminar en la calle.

Al enojarse una persona, su cuerpo reacciona inmediatamente. Los riñones secretan la hormona renina, transformada luego por el hígado y los pulmones en la sustancia denominada angiotensina, que provoca el estrechamiento de los vasos sanguíneos.

Entonces el corazón acelera el ritmo del latido y aumenta la tensión sanguínea. Es en ese momento que se siente ‘hervir la sangre’ y así el cuerpo se prepara para un conflicto inminente. Según explica el especialista, este estrechamiento tiene como objetivo reducir la pérdida de sangre en caso de una herida, y además mejorar el suministro de oxígeno a los músculos para utilizarlo en acciones como correr o golpear. Sin embargo, al ocurrir esto, existe mayor presión en los vasos y en grado muy extremo y a largo plazo, puede provocar hemorragias cerebrales.

También se debe tomar en cuenta que el estómago segrega ácidos que a futuro pueden provocar úlceras y problemas de hipertensión. Incluso, se han hecho comparaciones entre personas que tienen el colesterol alto y otras que no, pero estas últimas son hostiles y agresivos sin una razón aparente, y ambos tienen las mismas posibilidades de sufrir ataques cardiacos. Los primeros por el colesterol y los segundos por la manera en que reacciona el organismo.

Aquellos que se guardan el enojo corren el riesgo de una disminución en la capacidad de su sistema inmunológico. A largo plazo pueden desarrollar cáncer o infecciones. “Es como si quisiéramos tapar el vapor que sale de una olla express con un dedo, evitar su flujo no quiere decir que no esté activado: llega un momento en que el cuerpo se debilita y aparecen las enfermedades”, explica el especialista, quien en el curso que imparte en la Universidad Iberoamericana, enseña diferentes técnicas para combatir el estrés y precisamente controlar el enojo, la única forma para convivir sanamente.

Gritar es lo más saludable y también se pueden tirar objetos, aunque eso podría generar daños a otros. Lo ideal es buscar estrategias que no sean tan dañinas, es decir, aprender a controlar la manera de expresarlo.

“A diferencia de las otras emociones, el enojo se acumula, no se desvanece y cualquier cosa insignificante puede hacer que se saque”, agrega Leija Alva, “lo que se recomienda es que en cuanto se dé la situación que me lo provoque, pueda sacarlo en el momento o tiempo después”. También se debe tomar en cuenta a quien lo recibe, ya que éste debe aprender y entender que el otro está enojado.

Entonces se recomienda hablar con el enojado para ayudarlo a sacar lo que siente, tomando en cuenta que puede usar palabras insultantes o agresivas. Ante éstas uno debe entender que no son verdad, y en caso de que lo fuesen, hay que decirle: “acepto lo que dices”. Lo principal ante todo es seguir un paso: no engancharse para evitar el círculo vicioso de la agresión.

Marko
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